Solo si consigo inspirarte,

habrá merecido la pena...

Solo si consigo inspirarte,

Teo González

habrá merecido la pena...

Los comienzos.

“Quien planta árboles está al lado de la eternidad. Nuestra codicia legítima de más bosques es la búsqueda de una humanidad más humana...” Joaquín Araujo.

Desde mi niñez he crecido rodeado de naturaleza. Vivir en un entorno natural como el Parque Nacional de Doñana o las Marismas del Odiel despertó en mí la vocación de una sociedad naturalista que alzaba la voz en pro de la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad del planeta.

Además, gran parte del compromiso que adquirí se debió a la permisividad de mis padres cuando traía a casa animales salvajes heridos, lo afortunado que era al contar con grandes amigos apasionados por el medio ambiente y a los valores naturales que transmitieron los grandes naturalistas de aquella época, quedando irrevocablemente impregnado de todos ellos.

Vinieron años felices y productivos, compaginando mis estudios con proyectos y actividades de campo a nivel local y nacional, recuerdos añorantes de pequeños y curiosos naturalistas que imitaban a grandes figuras como Darwin o Linneo, seguidos de largas jornadas de anillamiento científico y observación de vida animal.

Desde entonces, mi destino cambió y se alineó con los demás. De alguna manera, todos ellos plantaron una semilla que terminó germinando en mí.

Mi juventud

“La vida fluía a través de él en espléndido torrente, gozoso y desenfrenado, y daba la impresión de que, de puro éxtasis, acabaría desbordándose y desparramándose con generosidad sobre el mundo…” Jack London.

Y así continuó mi juventud. Sin llegar a darme cuenta comenzó a despertar en mí anhelos de vivir fuertes e intensas emociones, el núcleo esencial del alma humana y que todos llevamos dentro.

Años de grandes cambios vinieron, dejando a un lado el mundo de la ciencia y la investigación por otro tanto o más emocionante aún: el deporte y la montaña, una conjunción que, mezclada y llevada a su máxima expresión, me condujeron a la aventura, ese latido que se sale de ritmo en el instante preciso en que el alma decide que la seguridad de la orilla es una cárcel demasiado estrecha, y que a veces nos pone al límite físico y mental.

Cualquier disciplina en montaña me atraía y desarrollaba. Primero como aprendiz de grandes personas, hasta llegar a la autosuficiencia y tomar las riendas de mi propia intuición. Desde las altas cumbres de nuestros principales macizos montañosos a las profundas y oscuras cuevas y simas. Descenso de cañones, caudalosos ríos y travesías a pie moldearon nuevamente mi vida hasta ponerla a prueba y en peligro en más de una ocasión.

Siempre tuve miedo, pero siempre pensé que el impulso que desordena el mapa de nuestra vida y nos obliga a encontrar el norte en el brillo de una estrella, valdría la pena. Porque merece y mucho descubrir que el horizonte no es un límite, sino una invitación eterna a caminar.

Definitivamente no malgastaría mi vida tratando solamente de existir.

Mi presente

“ Hay un momento de éxtasis que marca la culminación de una existencia y más allá del cual esta ya no puede elevarse. Y la paradoja existencial consiste en que, pese a sobrevenirle cuando más vivo está el sujeto, le llega cuando ha olvidado por completo que lo está…” Jack London.

De esa forma pasé a la madurez. Continué buceando en las profundidades de la vida y empecé a embriagarme con antiguas historias de exploradores perdidos en las brumas del tiempo.

De tanta lectura comencé a sentir el romanticismo de los viajes y la emoción de descubrir algo nuevo en cada rincón del mundo, escudriñar un mapa que no usa coordenadas sino latidos, y entender que cada lugar descubierto es, en realidad, una habitación nueva que se abre dentro de nuestro propio ser.

De ese modo empecé a viajar y cruzar fronteras, a soñar y buscar la belleza de lo salvaje, a desarmar el equipaje del alma para llenarlo de horizontes, en ese impulso humano que nos incita a poner a prueba nuestras fuerzas, ingenio y sabiduría.

Porque, al fin y al cabo, el hombre debe perseguir lo que excede a su comprensión; si no, ¿para qué existe el cielo?…

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© Teo González Ι 2026

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