Desde mi niñez he crecido rodeado de naturaleza. Vivir en un entorno natural como el Parque Nacional de Doñana o las Marismas del Odiel despertó en mí la vocación de una sociedad naturalista que alzaba la voz en pro de la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad del planeta.
Además, gran parte del compromiso que adquirí se debió a la permisividad de mis padres cuando traía a casa animales salvajes heridos, lo afortunado que era al contar con grandes amigos apasionados por el medio ambiente y a los valores naturales que transmitieron los grandes naturalistas de aquella época, quedando irrevocablemente impregnado de todos ellos.
Vinieron años felices y productivos, compaginando mis estudios con proyectos y actividades de campo a nivel local y nacional, recuerdos añorantes de pequeños y curiosos naturalistas que imitaban a grandes figuras como Darwin o Linneo, seguidos de largas jornadas de anillamiento científico y observación de vida animal.
Desde entonces, mi destino cambió y se alineó con los demás. De alguna manera, todos ellos plantaron una semilla que terminó germinando en mí.
Y así continuó mi juventud. Sin llegar a darme cuenta comenzó a despertar en mí anhelos de vivir fuertes e intensas emociones, el núcleo esencial del alma humana y que todos llevamos dentro.
Años de grandes cambios vinieron, dejando a un lado el mundo de la ciencia y la investigación por otro tanto o más emocionante aún: el deporte y la montaña, una conjunción que, mezclada y llevada a su máxima expresión, me condujeron a la aventura, ese latido que se sale de ritmo en el instante preciso en que el alma decide que la seguridad de la orilla es una cárcel demasiado estrecha, y que a veces nos pone al límite físico y mental.
Cualquier disciplina en montaña me atraía y desarrollaba. Primero como aprendiz de grandes personas, hasta llegar a la autosuficiencia y tomar las riendas de mi propia intuición. Desde las altas cumbres de nuestros principales macizos montañosos a las profundas y oscuras cuevas y simas. Descenso de cañones, caudalosos ríos y travesías a pie moldearon nuevamente mi vida hasta ponerla a prueba y en peligro en más de una ocasión.
Siempre tuve miedo, pero siempre pensé que el impulso que desordena el mapa de nuestra vida y nos obliga a encontrar el norte en el brillo de una estrella, valdría la pena. Porque merece y mucho descubrir que el horizonte no es un límite, sino una invitación eterna a caminar.
Definitivamente no malgastaría mi vida tratando solamente de existir.
De esa forma pasé a la madurez. Continué buceando en las profundidades de la vida y empecé a embriagarme con antiguas historias de exploradores perdidos en las brumas del tiempo.
De tanta lectura comencé a sentir el romanticismo de los viajes y la emoción de descubrir algo nuevo en cada rincón del mundo, escudriñar un mapa que no usa coordenadas sino latidos, y entender que cada lugar descubierto es, en realidad, una habitación nueva que se abre dentro de nuestro propio ser.
De ese modo empecé a viajar y cruzar fronteras, a soñar y buscar la belleza de lo salvaje, a desarmar el equipaje del alma para llenarlo de horizontes, en ese impulso humano que nos incita a poner a prueba nuestras fuerzas, ingenio y sabiduría.
Porque, al fin y al cabo, el hombre debe perseguir lo que excede a su comprensión; si no, ¿para qué existe el cielo?…
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© Teo González Ι 2026
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